Días aquellos…

Hace tiempo que había olvidado lo que se sentía saber que hay alguien más viviendo en la casa, de despertarme poco a poco a medida que los gritos y pequeñas discusiones van tomando forma con el correr de la mañana. “A tomar la leche…” se anuncia ya en mi décimo sueño…, salidas, entradas y el andar, el ruido que produce el porton cada vez que van y vienen… me recuerda a mi adolescencia en sus últimos momentos, solo falta el pequeño “Rocky” que molestaba a todo el mundo con sus ladridos chillones… típicas mañanas en mi hogar natal… Todo esto me hace recordar esos días de cuando me levantaba tarde (pues no tenía otra responsabilidad que ocuparme de estudiar) con la pereza más grande del mundo, pasarme escuchando Metal (oh si, también tuve mi época metalera entre mis 16 y 18), luego estar vaguenado con los amigos por donde la calle nos llevara, si era a la rambla, allá ibamos todos a tomar mate en la mañana, o algun vinito en la noche aunque cuando el prespuesto era bueno (seguramente principios de mes cuando nuestros padres cobraban y podíamos “exprimirlos” más de lo normal :p) también nos bajabamos las intomables botellas de whisky Añejo (puajjjjjjj!) y alguna cerveza Patricia.

Momentos imborrables sin duda.. que me hacen recordar la impermanencia de cualquier objeto de esta vida. Todo cambia, todo se transforma constantemente, ya nada es lo mismo que 10 segundos atrás, que 10 horas, que 10 días, que 10 meses, mucho menos que 10 años.

Tal como afirma Nichiren Daishonin:

“El hecho de que todas las cosas de este mundo sean transitorias nos resulta perfectamente claro” (Los principales escritos de Nichiren Daishonin, vol 1, pág.53).

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